Kierkegaard produce una obra de carácter estético brillante a partir de un lenguaje fácil de seguir y evidentemente preparado. Fue un gran escritor y un filósofo impresionante. En esta obra, una de sus más conocidas, crea la distinción entre el esteta (o la filosofía estética) y el mundo tangible. El esteta es aquel que se alimenta de la inmediatez. Es aquel que busca el placer por encima de todo y lo prioriza por encima de otros vicios y experiencias que abarcan a la subjetividad humana. Consiste, precisamente, en un estilo de vida absolutamente hedonista y con amplio alcance de filosofía epicureísta. Si bien recordamos a Epicuro, sus obras nos alientan a buscar el placer dentro de las pequeñas virtudes de la vida, aquel que logra prescindir de lo que le hace daño e infeliz asegura una vida de beneficencia y definitivamente, privilegiada. En el esteta de Kierkegaard, si bien existe una clara reticencia de estas ideas, no es esencialmente epicureísmo. Juan, el seductor, es una metamorfosis del legendario Don Juan, que encuentra placer abundante en la seducción de jóvenes. Escoge sus víctimas de forma metodológica y sistemática, atacándolas desde lugares imprevisibles hasta que las tiene en su alcance. Es un devorador paciente que juega con su comida y la digiere a fondo. Y como toda comida, después de su proceso de digestión, se la desecha.
Juan no es más que un cazador infalible. Utiliza la naturaleza de la feminidad a su favor para satisfacer sus deseos amargos. Ciertamente, se muestra como un personaje insaciable, a juzgar por su número acrecentado de víctimas, y por sus futuras víctimas. Esto es directamente justificable bajo el punto de vista estético pues en este enfoque, no hay existencia que merezca mayor tiempo que el del placer momentáneo. La seducción inmediata y esporádica radica precisamente en su inmediatez, cuando proviene del hálito inicial de un amor joven y naciente. Las ansias de los amantes tempranos son inigualables con el desprecio de los amantes futuros. Es por esta razón que Juan disfruta de la búsqueda de manjares tempranos e inmediatos. La visión del esteta es simple, Kierkegaard la define como un espejo. El espejo refleja toda imagen que se postre sobre él, de manera que puede ver aquellos rebordes y superficies, evidentes para cualquier observador aficionado y natural. Sin embargo, el espejo no puede contemplar la virtud ni el interior de aquello que refleja, está completamente fuera de su alcance. El esteta es entonces la expresión de la superficialidad que se fija en lo bello inmediatamente disponible al ojo desnudo, que se deja llevar por la simple observación e inspección detenida de la víctima en cuestión. Es aquel que aprecia el arte sin desperdiciar tiempo en los matices que lo componen, ni en la técnica o incluso el contexto en el que se presenta ante nosotros. Esto no quiere decir que se le reste de profundidad al esteta, pues puede estar presente, sino que se trata de la manifestación más temprana del gusto y del deseo. Aquello que se observa pero que no se puede entender a simple vista y que, sin embargo, despierta dentro de nosotros algo inmenso, lleno de pulcritud moral, intelectual y estética que destruye nuestra atención e irrumpe sin permiso en nuestros pensamientos. Se estampa contra nuestro cráneo, solamente para ser evocado levemente en situaciones futuras, convirtiéndose en un leve destello de belleza y un inenarrable recuerdo que parece ajeno a nosotros pues aquella belleza es irrepetible.
Aquel que se encuentre en este primer estadio del enamoramiento está condenado a la tortura, claro está. El siguiente plan del esteta deberá ser conquistar aquello que aún no es suyo, para poseerlo e internalizarlo completamente. De esta forma, se expresa uno de los rasgos más característicos de la personalidad de Juan, su paciencia interminable. Paciente y observador, acechando a su víctima en primacía y posteriormente planteándose la trampa final para atrapar por completo al objetivo. El diario tiene mucho preámbulo antes de que Juan entable una conversación o tan siquiera una leve interacción con Cordelia. Esto nos muestra la absoluta sistematización de sus ideas y de su paciencia. El buen esteta no es aquel que se deja abandonar por los impulsos y se lanza hacia su presa de forma acalorada. No, el buen esteta camina hacia su víctima y se incorpora en el vaivén de su existencia de modo tal que se incluye dentro de su aura y en su mundo para llegar a coexistir junto con ella, no irrumpe de forma brutal sobre su vida. Esto es lo que diferencia el éxito del fracaso en la seducción, según Juan. Una vez, por medio de estratagemas de carácter psicológico y emocional, Juan se convierte en una parte de la vida de Cordelia. Empieza internalizando la belleza de poseerla, aunque sea de lejos. La belleza internalizada es el primer gran paso para asegurar el placer definitivo, es la búsqueda de lo bello en lo simple y de su apreciación absoluta. Se deja caer el péndulo y se observa todo su movimiento calculado, sus líneas difuminadas ante el movimiento y el sonido que expresa su convivencia con el aire. Se observa el balanceo del péndulo hacia y fuera de nosotros. Es en esta etapa, donde todo parece incierto, sin embargo, en la incertidumbre inicial subyace el centro cardinal de la seducción del deseo. Es cuando se distingue lo bello de lo interesante en un ente, de forma que lo interesante se expone hacia nosotros espontáneamente y nos mostramos cautivados y absortos en la exposición de lo pleno a partir de lo bello. Esto no debería ser una simple apreciación, pero como la complejidad de su estado lo indica, una experiencia, cosa que el seductor siempre tiene presente dentro de sí.
Ahora hablemos del arte manipulador del seductor, pues está presente en toda la novela-tratado filosófico de Kierkegaard. La manipulación se muestra como un medio que justifica los fines de la inmediatez del estadio estético, debido a que es una fuerza ininterrumpida que destroza las concepciones de la víctima. La teoría atómica y de los cuerpos de Epicuro establece la simple idea de un mundo de cuerpos que se mueven entre sí. Existe un movimiento constantemente aleatorizado donde todos los átomos y los cuerpos chocan entre ellos. En un mundo destinado a la colisión perdura, sin embargo, una uniformidad de movimiento donde los cuerpos se integran en un universo lleno de vacío donde coexisten y persisten inevitablemente. La uniformidad del movimiento puede ser destrozada de forma voluntaria por fuerzas externas e intrínsecas a la naturaleza del cuerpo, como son las fuerzas atómicas que se desprenden y funden de él. Dentro de tales fuerzas puede ser considerada el arte manipulador que, en un universo íntegro y maquinal, se irrumpe con la tranquilidad y se condena al cuerpo al movimiento entrópico. La susceptibilidad y el factor sorpresa reside en la pureza del de desconcierto y naturalidad del movimiento en sí, pues una vez que se interrumpe su naturaleza despreocupada, se halla en total abstracción y entrega hacia la fuerza que la ha poseído. No concientiza inicialmente de que fuerza se trata o de su aparente origen, pero de todas formas se moviliza con el cuerpo causante y danza con él. Danzan de forma íntegra y aparente, inspirado por el deseo del cuerpo efector que fue el hacedor de la materialización del amor. Ahora se encuentran juntos. La teoría sugiere fátum, mientras que la voluntad replica con fátum, acción e inmediatez; pues sin el movimiento aleatorio del universo, estos cuerpos no se hubiesen conocido y no hubieran concedido su imagen ante el campo visual del opuesto. Es mejor acelerar este proceso con la acción inmediata de la consecución de nuestro deseo inminente.
Una vez mencionado la danza corpórea, es menester indicar como afecta esto a Cordelia. He indicado que el cuerpo que ha sido encontrado en la colisión se encuentra de forma inevitable en el alcance del cuerpo hacedor. De esta forma, la mujer no tiene otra opción que entregarse plenamente al hombre, una vez que este ha despertado la feminidad interna (cabe recalcar que muchas cosas que extenderé a continuación no las comparto, solo lo hago por fines de comprender la verdadera filosofía kierkegardiana). La mujer en sus estadios como persona naciente y en el auge de su juventud se caracteriza por su virginidad e inocencia, ambas cosas invaluables para el seductor. El verdadero valor del placer estético es la adoración de la mujer inocente que aún no expresa su feminidad. Para Kierkegaard, el deber del esteta es conceder a la mujer con su identidad, pues en este caso, la mujer es completamente dependiente del hombre. El primer objetivo para someter a la mujer ante el manto del hombre es establecer la escala de jerarquía que existe entre los roles de sexo. La mujer debe darse cuenta de la ausencia del hombre y debe ser despertada por el deseo ante la posibilidad de conseguir uno. Este deseo despertará el aire sexual y coquetería de la mujer de forma tal que busque conseguir aquello que es suyo y que la está buscando. Kierkegaard utiliza, como buen católico, el libro de Génesis para su explicación. Adán fue inducido al sueño por Dios y posteriormente se creó a la mujer. Kierkegaard menciona primero que desde ese entonces la mujer fue el sueño del hombre, por lo que una mujer inicialmente se encuentra en estado inerte y espiritual flotando en el universo, sin excluir su belleza y sus atributos por supuesto, hasta que el hombre la materializa y la concibe dentro del mundo. Estaría como una nube que se puede apreciar en su estado inocente pero que debe adquirir su personificación y estado esencial a través del hombre.
El hombre entonces necesita crear a la mujer por necesidad, pues ambos están destinados para estar el uno con el otro. Sin embargo, por más que exista la intervención del hombre, esta es directamente dependiente de la voluntad femenina. El hombre concibe en sus sueños a la mujer, pero si la mujer no desea ser materializada simplemente no lo será y adquirirá su propia esencia por otros medios aparte del hombre. Kierkegaard explica a la mujer como un ser espiritual superior al hombre y con el poder decisorio absoluto, relatando que cuando el hombre es rechazado por una mujer se siente devastado por la insatisfacción de sus propios sueños y la incapacidad de alcanzar aquello que desea. Entonces la mujer es espiritual, y en ese estadio, superior al hombre en todo sentido pues se le concede la última voluntad. Sin embargo, en el estadio terrenal, cuando la mujer ha permitido la decisión del hombre, ella se entrega rebajando sus contrafuertes y manifestándose como un ser inferior ante la desvirtuación de su libertad. La mujer puede prescindir del hombre, pero una vez que se entrega plenamente al esteta manipulador, pierde toda su esencia y su propósito, regalando su propia feminidad e instintos a las mañas del despilfarrador. Una vez que la mujer logra prescindir del hombre se encuentra inmaculada ante la concepción del sorteo del obstáculo macabro que se le presentó abruptamente. Ella también tiene el potencial de ser una esteta y adoptar un estilo de vida hedonista donde el hombre, y no la mujer, es el objeto de engaño. Por esta razón, a Juan no le gustan las mujeres que han sido capaces de prescindir de su propia esclavitud, o de la esclavitud natural que se les regala y que se espera que sigan sometidas.
Bajo estas consideraciones, se distingue un mundo espiritual donde los deseos son únicamente apreciados ante los ojos del sensorio, pero no saboreados en su máxima expresión. Se puede encontrar a la nube inmaterial, estética, plena y existente detrás de la vitrina que la limita del resto del vacío. Es esta espiritualidad intangible, pero a la vez observable que representa el nacimiento del deseo primitivo dentro del instinto natural del hombre. Son justamente los sentimientos de lejanía y pérdida los que despiertan la desesperación y la entrada del humano dentro de una conciencia absorta solamente en la fuente de purgación. Finalmente, ante la materialización del deseo, se encuentra con su existencia terrenal y tangible. El deseo inteligible es solamente una representación de la magnitud del alcance que el humano tiene con su mundo espiritual. Puede ser un alcance puro o uno superfluo y magnánimo. Es también, la meta final ante la cual nada nuevo se presentará y que últimamente, acelerará su abandono ante la visión de un nuevo placer espiritual, intangible, alejado y ajeno.
El esteta, por todas estas cuestiones y por
su aparente libertad ante la capacidad decisoria de la humanidad, se muestra
como el objeto superior de la moral. Esta cuestión es de las más importantes
para aquel que desee sobrellevar el estilo estético pues debe dejar por detrás
toda concepción moderna de moralidad pues el objeto de la estética es únicamente
la consecución del deseo y el placer, no de satisfacer el estándar moral o
ético al que se encuentran sujetos seres superiores. Es una práctica asentada
en el nihilismo moral donde el hombre es el único que ejerce decisión sobre si
sus actos están dentro de lo correcto o no. Es el poder absoluto de decisión
sobre el cual Sartre desarrollará, años después, una de sus máximas
existencialistas. Complementariamente, para aquellos más conocedores en la
materia, les quedará claro que la filosofía kierkegardiana no solo comprendía
el estadio estético (el enfoque de Diario de un Seductor), sino que comprendía
el estadio ético por encima de este. El esteta que se ajusta a la moral de la sociedad
se encuentra dentro de uno de los escalones para alcanzar la humanidad superior
que Kierkegaard contempla como el estadio religioso. De esta forma, podemos
ahondar en el carácter de Juan, nunca desprestigiándolo de su notable intelecto
ni de su pragmática maquinal, sino clasificándolo dentro de un estadio
primitivo donde él lucha por evitar el impulso y asegura abandonarlo, cuando su
propia praxis evidencia una total incongruencia entre el resto de la humanidad.
Es un gran defensor de la belleza y la estética, pero abandona el orden
establecido, y aquel humano que desee trascender debe interiorizar estos
principios y más bien, incorporarlos de forma que la existencia tenga como
propósito la estética, la ética y la espiritualidad; donde se rechazan las
visiones superfluas con énfasis en el núcleo constituyente de la corporalidad y
objetividad. Donde se satisface el deseo en función de conseguir la plenitud
inmediata sin ignorar las condiciones que permiten que el placer latente
perdure y que, a la vez, el hombre sea enfrentado ante una prueba de fe, donde
se lanza al abismo al darse cuenta del origen de las fuerzas y atracciones que
lo envuelven dentro del universo común. A ser consciente del verdadero creador
de la mujer y creador de todas las cosas. Solamente en ese instante, el hombre
alcanzará la plenitud máxima, para distinguirse entre el resto de mortales que
no han sido bañados por la pureza del viento y expuestos en su ser esencial.
Es claro que la obra de Kierkegaard puede ser interpretada de diferentes maneras. El propósito de esto es extender las ideas del texto y reivindicar el mensaje existencialista que estas acarrean. Es notable la gran influencia que Kierkegaard tuvo sobre sus antecesores pues es considerado el primer gran existencialista y definitivamente, uno de los más grandes pensadores de Dinamarca. Definitivamente necesito leer mucha más de su obra para comprenderlo en un mayor espectro y por supuesto que lo haré.
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