Tres años después de mi primera lectura de este clásico de la
literatura latinoamericana decidí releerlo para volver a sentirme como me sentí
tres años atrás. La sensación fue exactamente la misma, sin desvaríos ni
sentencias negativas; fue justo como lo recordaba, tan cálido y bello como
siempre ha sido. Leer este libro me da una felicidad difícilmente equiparable
con otra experiencia que he tenido en mi vida. Me hace sentir tan agradecido de
haber descubierto e introducido la literatura de Gabriel García Márquez en mi
vida. Es una obra que remarca el valor de este autor, tan legendario y
apreciado por todos. También, a más de elevarlo, es una obra que representa una
reticencia en su reputación como escritor, aquella novela que clamó a todo el
mundo que, a pesar de ganar el Nobel, había permanecido el mismo y
completamente inmiscuido en su escritura. Con la misma pasión, fervor y
desenfreno hacia las historias que nos representan como Latinoamérica pero que
también inciden en la condición del ciudadano convencional y en toda su
metafísica. Márquez es ese autor que es capaz de delinear en cursiva los
preceptos humanísticos, utilizando, y ciertamente, dominando el español de
manera tal que sobresale entre el montón escribano a fin de constatar
fuertemente una estilística propia de García Márquez y que es enteramente
reconocible con tan solo leer una línea.
Es, definitivamente, un autor esencial y uno de los pocos que han
llegado a tocarme tan profundamente en el corazón. Su manera de utilizar las
palabras es insuperable pero también similar a la prosa faulkneriana, tan
conocida de ser una de las principales inspiraciones del autor en cuestión. Sin
embargo, esa similitud no encara necesariamente una copia exacta de su
predecesor. Márquez utiliza descripciones extensas que están enriquecidos por
adjetivos y sustantivos innumerables. No inventa sus propios neologismos, pero
se ayuda del lenguaje cotidiano y tradicional de su propia cultura para
construir una descripción que resulta inmersiva para el lector. Leer a García
Márquez es familiarizarse con su cultura, y vivir con él en los pueblos que
construye, tan similares a una realidad nostálgica que se encuentra en cada
palabra que utiliza. La fidelidad por sus orígenes se nota siempre, al igual
que su amor por todo lo que construye su carácter y aire garciamarquiano. Su
prosa es pura y florida, haciendo que se convierta en una experiencia de
inagotable enriquecimiento, adentrándonos en abstractos sutiles de la memoria
de García Márquez, disfrutando la construcción de una memoria individual que se
dedica enteramente a los mundos simbólicos que se nos enfrenta en sus obras
inmortales. Son bellas en toda su plenitud, te hacen pensar, pero también reír,
y de igual manera, es inevitable trazar similitudes entre las narraciones de
Gabriel García Márquez y nuestra propia vida, pues su obra alude a lo personal.
Lo personal es demostrado por el propio autor y reflejado en el lector. Eso es
lo que lo hace tan alentador y precioso.
En esta novela, el pueblo y su contexto sociocultural es un personaje
más. Es aquel lugar que está condenado al pasado y por esa razón, se mantiene
inerte ante sus conciudadanos. Envejecen, perduran, perecen, pero su pueblo se
mantiene igual, solamente susceptible al cambio bajo la diligencia del doctor
Juvenal Urbino. Se nos relata una ciudad con herencia española, tanto en su
arquitectura como su organización intrínseca. Un españolismo representativo del
colonialismo que mantienen sus conciudadanos, presente en todo momento.
Observamos como se intenta interponer un desarrollo sociocultural, tapiñando
con progreso la condena del pasado situado como presente y futuro. Una ciudad
que con sus personajes intentará escapar lo rudimentario y el hálito inerte del
cólera con revolucionarias reformas de higiene y salud pública. Pero a más de
este intento de escapar la caverna del colonialismo, se mantiene una brecha
social, un pueblo dividido que oscila entre lo moderno y lo tradicional. Así se
mantiene Florentino Ariza, dudando entre hacerle frente a su realidad o
condenarse al pasado. Lo único constante es el cambio, dirían los heraclídeos,
pero el cambio se hace frente con los rescoldos del pasado. Los rescoldos
pueden adelantarse a constituir un nuevo futuro ante la persistencia de la
voluntad y el éxito de los acontecimientos. Se necesita un artesano creyente en
su resultado, pero capaz de adaptarse a los problemas que le hagan frente,
capaz de saciar las necesidades inmediatas de dar por concluida su obra. Pues
no sirve de nada errar en la consecución de un futuro y a su vez persistir en
el camino que lo llevó al fracaso.
Ahora, lo que nos compete. El amor en los tiempos del cólera es la
novela que relata el amor contrariado de Fermina Daza y Florentino Ariza Florentino
(a partir de ahora me referiré a ambos como FF). Un amor que tuvo que
mantenerse en pausa de forma unánime por 50 años antes de sacar a florecer sus virtudes
y enterezas. Un amor precisamente puro, pero a la vez siempre interrumpido por
las vicisitudes que cada uno tuvo que enfrentar, cosa de la que trata la novela
casi en su totalidad. Pues es cierto, el amor de FF representa un pequeño
destello entre las 500 páginas que integran a esta obra. Este hecho resalta el sufrimiento
que tuvieron que pasar ambos ante las circunstancias que constituyen sus vidas,
particularmente para Florentino. Fue rechazado por Fermina de forma tajante y
penosa cuando estaban a punto de embarcarse en su destino colectivo, siempre
predestinado para ambos. Este rechazo no solo es una fiel acción del carácter
lacónico de Fermina Daza, pero también una forma de amor. El amor que Fermina entrega
a Florentino en esta etapa de su vida es un amor de conservación y
evidentemente, de cambio. Conservación de la magnanimidad persistente de
Florentino por el resto de su vida, concediéndole también la virtud del cambio
y la habilidad de ajustarse ante lo que la vida habría de deparar para Florentino.
Pues si es cierto que Florentino vivió su vida en el desaire de no pertenecer a
Fermina Daza, cosa que mantuvo hasta el día en el que zarparon para su destino
final. Siempre se mantuvo al margen de la vida de Fermina, pero a su vez,
siempre incluido y formando parte integral de ella. Siendo indirectamente un
seguidor fiel de sus movimientos. Más un admirador que hacedor, el público en
cuestión y no, mas bien, el maestro de la filarmónica. Así habría de mantenerse
Florentino por casi toda su vida, llevando el título con orgullo y sufrimiento
colérico. Sin embargo, esto es propio del carácter de Florentino. Así como
Fermina es lacónica, Florentino cede y persiste en el resquicio, de manera tal
que FF se convierten en un vaivén entrelazado, no solamente a manifestarse en
su carácter, pero también en la vida de ambos.
Fermina vivió una vida feliz con el doctor Juvenal Urbino,
indudablemente. Le llevó un segundo viaje a París para darse cuenta que tenía
la vida hecha, pues en su anterioridad Florentino Ariza era lo único
representativo que le había pasado. Pasó gran parte de su vida apreciando al
admirador secreto, no en forma de amor encarnado, si no, en forma de un amor
pasivo e inocente. Su infancia la vivió en la plenitud del amor, completamente
encantada por el anacronismo depurador y romanticismo de Florentino Ariza que
la interesaron desde el primer día. Vivió en la curiosidad y entereza de un
amor correspondido que pocas veces fue manifestado. Inclusive, resultaría
apropiado mencionar que la principal motivación de Fermina fue la manifestación
de un amor potencial. Siempre desarrolló curiosidad para sus virtudes sexuales,
pero demoró bastante en resolver sus dudas al respecto. Desde los escapes de inocencia
con su prima Hildebranda, hasta el juego de inseguridad sexual que obligó a
jugar a Juvenal Urbino, la integridad sexual de Fermina fue un atributo que destacó
por mucho tiempo y que llegó a establecerse como una muestra ínfima de su
constitución como mujer. Era vista como una mujer fuerte que no se dejaba ver
la cara por nadie, absolutamente en control con su feminidad y completamente dominante
sobre su entorno inmediato. Su virginidad prolongada fue un trofeo que decidió
regalar por sí sola, cuando sintió la mera curiosidad de hacerlo. No fue
tentada, pues conservó su instinto sexual dentro de sus límites, reflejando su
autonomía como mujer. Así también lo hizo al rechazar a Florentino Ariza. Y de
esa misma manera habría de someterlo 50 años después, manteniéndolo en vilo de incertidumbre
hasta que ella cedió por su propia cuenta; pero esta vez no contribuyó, a diferencia
de su desarrollo sexual con Juvenal Urbino, solamente el carácter de Fermina de
por medio, si no que también la intervención tímida y digna de Florentino Ariza,
suficiente para contrarrestar la furia del ademán de Fermina Daza.
Por el otro lado encontramos el caso de Florentino que fue completamente
distinto. Resulta un amante inexperto en su juventud, incapaz de conquistar con
seguridad a la mujer de sus sueños, pero siempre persistente en la tarea. Su
deseo no fue satisfecho, como ya sabemos. De esta manera, tenemos un deseo abierto
a ser aprovechado por cualquiera que se interponga. Es un deseo amoroso y
celestial pero que resulta tan frágil y expuesto que puede ser fácilmente
reemplazado por un deseo terrenal. El deseo humano es tan instintivo que puede
llegar a quebrantarse ante la sola sugerencia de su fragilidad. Este principio
es lo que convirtió a Florentino Ariza en un amante empedernido, un disfrutador
del sexo y del amor transitorio. Al ser concurrente en el hotel, fue expuesto
desde joven a un pseudo concepto de lo que representa el amor. El amor, en las
etapas tempranas de Florentino Ariza, fue manifestado en su forma carnal. Así
lo creía él pues se quedó con el disparo en el pecho después de su incapacidad
para bautizar el amor con Fermina Daza. A pesar de ser distraído por el vasto
mundo sexual, Florentino siempre se mantuvo firme en sus convicciones al
mantenerse fiel para Fermina Daza. Tiempo después, fue desgarrado de su
virginidad en un buque, de forma puramente materialista y pobremente simbólica
para el valor que Florentino le concedió al amor hasta ese entonces. Descubrió
un mundo que dominará por 50 años, el arte del amor transitorio, cosa
terriblemente distante a la constitución habitual de Florentino Ariza.
Habiendo descubierto la fragilidad de su virginidad, embarcó en una
travesía por explotar su talento sexual con incontables personas,
registrándolas en un cuaderno al que tituló “Ellas” y que luego tuvo que
ampliar con varios cuadernos adicionales. Fue enfrentado a la sustitución de su
concepción previa que el placer es estrictamente dual y precisa un compromiso
de por medio, a una nueva máxima de que el placer puede también provenir de un
vaho efímero necesario para llevarse bien con la vasta soledad del amante desprestigiado.
También era una forma de compartir la soledad entre almas alienadas, manera de
transmitir y compartir del gusto que representa ser amado de forma completa e
íntegra. Con este poder, Florentino completó su soledad con más soledad, cosa
que nunca llega a saciar a una conciencia hambrienta de estabilidad. Pero estas
cuestiones no aportan a la declaración de que lo que hizo Florentino está mal.
Al contrario, esta fue la mejor forma que encontró para despojarse de su
virginidad conyugal que le prometió a Fermina Daza. Esta yuxtaposición la vemos
con la viuda de Nazaret, una de sus múltiples amantes. Ella fue condenada,
mientras mantuvo su matrimonio, a la virginidad conyugal. García Márquez
manifiesta que esta es la mas perniciosa de todas las virginidades y para el
caso de una viuda es cierto, pero también lo fue para Florentino Ariza. Le
prometió virginidad a Fermina Daza, cosa que quebrantó necesariamente, pues su
fidelidad refleja una condena a una fundamentación ilusoria que Fermina
estableció desde que eran jóvenes. El despojarse de estas cadenas, le dieron
libertad, y ciertamente, vida a Florentino Ariza. Lo diferenciaron de un alma
condenada, miserable y absuelta de esperanza, a un alma plena, absoluta,
dolida. La ilusión se mantiene flotando en la conciencia de Florentino, pero la
lleva por detrás como una cicatriz de la que se encuentra orgulloso, que sanará
dentro de 50 años. Lo consume, pero siempre respetando los límites de la
libertad de Florentino, cosa que mantuvo su cordura y persistencia por muchos
años. Ahora, la diferencia entre el amor puro y el amor terrenal cobra vida dentro
de él, siendo también un símbolo de su inconformidad con su condición actual,
buscando el placer inmediato para reemplazarlo por la vida que él consideró
digna.
Si bien Florentino encontró el sexo como escape de su situación
miserable, ningún tipo de satisfacción inmediata sería capaz de superar a la
diosa que interrumpe involuntariamente su vida. Gabriel García Márquez mantiene
una imagen que será una recurrencia entre FF por el resto de la obra, la
cuestión de la diosa coronada. La idea de una diosa coronada se atribuye a si
misma una característica inalcanzable y también remarca la actitud indomable de
la persistencia de Florentino. Fermina vivió sin rendirle cuentas a nadie, ni
siquiera a su esposo. El doctor Juvenal Urbino fue un personaje emblemático y
revolucionario para su pueblo. Era un médico diligente y con vocación suficiente
para preocuparse por la salud de todo el pueblo. En su vida profesional, lo
vemos completamente seguro de sí mismo, capaz de conducir sus habilidades hacia
un bien común. En su vida personal, lo vemos inseguro cuando esta se refiere a
Fermina. Desde sus inicios, fue cautivado por la divinidad de Fermina Daza,
siendo condenado a la súplica y a la misma persistencia que nuestro conmiserado
personaje vivó; pero a diferencia de este, Juvenal Urbino nunca fue rechazado.
Fermina utilizó a Urbino como un escape de un amor transitorio que no llegó a
saciarla como mujer autónoma. Reemplazó su felicidad frugal con un amor
opulento, lleno de oportunidades, que venía con reputación de por medio, cosa
que Fermina nunca negó para sí misma. Precisamente este estilo de vida la
atrajo, pues reemplazó su limitación paradójica por abundancia dado que Juvenal
Urbino llegó con riqueza intelectual, material y social. Se casaron de repente,
destruyendo la moral de Florentino que consideró a la persistencia como un
intermediario para una declaración de amor hegemónica. Fueron a destapar el
caño de las pasiones a París en una luna de miel que duró años. Fermina fue increíblemente
feliz, pero siempre le quedó la espinita de Florentino. También le quedó la
pena interminable hacia ese pobre hombre, esa conmiseración ante el ímpetu que
adoptó para el escuálido, anacrónico y poético hombre.
El control de Juvenal Urbino sobre Fermina Daza fue prácticamente
nulo. Muchos acusan a García Márquez de escribir una obra machista, pero no se
dan cuenta que la que lleva el control de toda esta historia son las mujeres.
Fermina Daza se convirtió en matriarca desde el momento en el que se cortó su
cordón umbilical, cosa que se vería reflejado en su matrimonio. Ella hizo lo
que quiso, sin resguardos ni penas. Lo único que permitió quebrantarse dentro
de su orgullo fue ceder ante las berenjenas de su suegra. En esta época se
utiliza la berenjena como una ilustración de la resistencia de Fermina Daza.
Todo lo que no le gustaba, estaba inevitablemente estorbando en su vida, siendo
esta la resistencia inicial al porvenir, difícil de superar cuando se ha dejado
una parte de sí en el pasado. Finalmente, cedió y se volvió amante de las
berenjenas, una manera de aceptar su nueva realidad, una realidad de se
contrapone con la ilusoria que falló en vivir con Florentino Ariza, donde la
prohibición de las berenjenas fue una condición para su unión eterna. Esta comparación
es lo que permitió a Fermina escoger un camino divergente de aquel que fue
destinado para ella, un camino que empezó pedregoso y sinuoso debido a la poca
naturalidad que subyace en él, solo a ser superado con esfuerzo y voluntad
colectiva, pero que luego se convirtió en aplanado, suave y uniforme, a fin de
condecorar a Fermina y Juvenal con un porvenir paradisíaco, que ninguno planeó
pero que terminó resultando para ambos. El amor paradisíaco es expresado por
Márquez como un camino divergente del amor predestinado, o más bien verdadero, al
que nos enfrentamos alguna vez en nuestras vidas. Esta analogía es
recalcitrante al mencionar la fragilidad intrínseca del amor y como puede sufrir
metamorfosis ante el más ligero descuido de la voluntad. Solo le bastó a
Fermina Daza ceder para embarcarse en un futuro incierto que terminó siendo
para ella.
Ahora hablemos de la segunda oportunidad que se le ofreció a Fermina,
el camino que estuvo destinada a mantener desde el inicio de su vida pero que
demoró medio siglo en ocurrir. Un amor que perduró en el tiempo y que se
mantuvo latente toda la vida, llegando a permanecer por encima del cuerpo
envejecido de aquellos que lo cargaban. Un amor que condicionó la inercia del
vínculo que los unió pero que no se mantuvo exento de cambio en cuanto a su
dinámica pues vemos como FF tuvieron experiencias por separado que cambiaron la
manera en la que se desenvolvieron en su timidez. Florentino mantuvo su
romanticismo, pareció haberlo tenido guardado en un cofre que terminó abriendo
años después. El Florentino de la poesía, el amante empedernido y el amante de
Fermina, cualidades que ocultó de sus amantes toda la vida, talentos que nunca
se atrevieron a desarrollarse ante la contemplación equívoca. Fermina, por otro
lado, mantuvo su mismo carácter, pero incluyó una flexibilidad antes no tan
reconocida por Florentino. Se restauró el intercambio de correspondencia, cosa
que trae nostalgia a ambos de los tiempos pasados. Florentino irrumpió y se
mantuvo dentro de la vida de la Fermina enviudada y aún en virginidad conyugal,
ahora convertida en virginidad de viuda. Fermina, harta de la cotidianeidad a
la que fue anclada inevitablemente por la figura célebre de su difunto esposo,
esa vida que aún se veía representada en el doctor Urbino Daza y su esposa, que
la ven como una vieja decrépita incapaz de amar a alguien. La vejez es
confrontada por Fermina Daza con orgullo, como si fuese solamente una extensión
de ella, de la que puede deshacerse en el nombre del amor. El amor sirve como
un rejuvenecedor para FF, sus cuerpos desnudos se conjugan para esclarecer las
dudas sobre la piel joven que aún llevan y que siempre llevaron pues una vez
que revivió su amor, revivió todo su pasado. El pasado se interpone en el
presente a manera de cimiento para establecer un nuevo futuro, que es
completamente divergente del porvenir al que estos cuerpos estuvieron sometidos
por casi toda su vida.
Dentro del romanticismo, se encuentran ahora renovados. Un amor que
alude al pasado pero que también es coetáneo con su realidad actual. Se sirve
de inspiración en el pasado, pero no recae directamente sobre él, los tiempos
han cambiado y ellos también, sería un error recuperar un amor de juventud, es
más digno establecer un nuevo amor renovado que utiliza al pasado como
referencia y prueba irrefutable de su unión. A la final, sus vidas de juventud
son solo una representación de lo que fueron destinados a ser, es la prueba
máxima de su fidelidad y concupiscencia. Por esta razón, triunfó el amor
celestial y terrenal entre FF, fue la conjunción de sus vidas pasadas y
presentes, a fin de establecer un futuro sólido y completamente colectivo. De
esta manera, es seguro mencionar que el amor contrariado de FF fue destinado a
ser precisamente eso, contrariado. Una vez que el humano se encuentra en
armonía con sus experiencias, es capaz de hacerle frente a las que están por llegar,
que se aproximan hacia él de forma directa e inescapable; la consciencia de lo
que fue es la condición en primacía para constatar una armonía con uno mismo y,
particularmente, para defenderse contra la inexorabilidad de la realidad continua,
irremediablemente en movimiento. Pues es el movimiento lo que FF dominaron con
tanta destreza. Su conjunción como un colectivo denota habilidad e inmortalidad,
su inmortalidad antecede al amor y el amor lo abarca todo. Finalmente, el amor
contrariado es capaz de arremeter contra todo, incluso con la cronología irremediable,
a manera de determinar un anacronismo infinito.
El final de esta obra es precioso, así de simple. FF zarpan en el
buque nueva Fidelidad a un destino indefinido. El hecho de que la conclusión de
la novela se desarrolle en un buque resalta la importancia de la compañía
fluvial del Caribe en el desarrollo de los personajes. Florentino escaló la
jerarquía de la compañía por gran parte de su vida, siendo al inicio un pequeño
insignificante de la misma. Su asenso al poder demuestra un preparativo para
dedicar su vida siempre a Fermina. Construyó, sin darse cuenta, una vida
exitosa con el propósito oculto de dejárselo todo a Fermina Daza. La verdadera
heredera de siglos de administración, prosperidad y desarrollo fue y siempre
será Fermina Daza. La nueva Fidelidad se estrenó con su nueva pasajera, siempre
propuesta a permanecer en una suite específicamente diseñada para ella.
Envueltos irremediablemente en las tenazas del destino, afrontados
con su vejez y la muerte inminente, a partir de ahí se dedicaron de lleno al
amor. “Era como si se hubieran saltado el arduo calvario de la vida conyugal, y
hubieran ido sin mas vueltas al grano del amor”, encaran la muerte como un
colectivo pues siempre estuvieron destinados a morir juntos. El amor es ahora diáfano,
sin recelos ni desvaríos. Sin dudas ni conservación, desde ese momento se
convirtieron en Fermina y Florentino, anunciado y advertido desde el inicio de
la obra. Es seguro, ahora, la permanencia de una ilusión abandonada, renombrada
como un siempre sensorial, un constructo eterno que superó el sufrimiento, la
incertidumbre, adquiriendo sus propiedades fundamentales. Desde un constructo
celestial, inmaculado y borroso, a una realidad definitiva, clara, luminosa,
transparente y permanente. Porque esta es la historia de un amor eterno, ese
amor que escapa lo convencional pues sus autores internalizaron el despecho de
no estar juntos y lo canalizaron en el libre y eterno albedrío. La bella
manifestación de la libertad ejercida sobre el cólera.
“–¿Y hasta cuándo cree usted que podemos
seguir en este ir y venir del carajo? –le preguntó.
Florentino Ariza tenía la respuesta
preparada desde hace cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus
noches.
–Toda la vida –dijo.”

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